MENTECIRCULAR

Columna de Opinión

Por Paolo Mazza – Fundador de mentecircular

Hay industrias que viven con el margen pegado al piso. Donde una décima arriba o abajo decide el año. En esos rubros, la economía circular suele entrar tarde y con sospecha: “bonita idea, pero acá no da”. Se entiende el reflejo. Cuando cada punto cuenta, cualquier cambio parece una amenaza. Sin embargo, es en esos sectores —limpieza y cuidado del hogar, alimentos de rotación rápida, textil básico, construcción con insumos comoditizados— donde la lógica circular no es un lujo: es un seguro de continuidad y, bien diseñada, una fuente de ventaja.

La confusión nace del enfoque. Se asume que circularidad es agregar costos: materiales “premium”, procesos más lentos, logística inversa inabordable. Pero en márgenes bajos, nadie puede permitirse romantizar. La pregunta correcta no es “¿cuánto cuesta ser circular?”, sino “qué costos deja de pagar una empresa que rediseña para durar, retornar y simplificar”.

Cuando se mira así, aparecen espacios que no requieren épica, sino disciplina:

1) Menos variedad, más rotación inteligente
Los “zoológicos” de SKU consumen margen: complejizan abastecimiento, elevan inventarios, multiplican quiebres y mermas. Reducir variantes a plataformas estables libera capital, simplifica compras y logística, facilita reparación o recomposición, y baja desperdicio. La circularidad empieza por quitar lo que hace frágil el sistema.

2) Envase como activo
En categorías de consumo masivo, el envase es parte importante del costo. Tratarlo como activo retornable —cuando la geografía y el canal lo permiten— no es ideología: es aritmética. Menos resina virgen, menos volatilidad, menos disposición final, mayor preferencia en cadenas que exigen criterios verificables. El CAPEX inicial se paga con rotaciones.

3) Concentrados y recargas
Transportar agua disfrazada de producto erosiona márgenes cuando el flete sube. Diseñar concentrados y recargas reduce volumen y peso, mejora ocupación de camiones y bodegas, abre formatos más accesibles para el consumidor y habilita retornabilidad o reutilización en el punto de venta. Mover menos no es marketing; es costo directo.

4) Reparar, reacondicionar, recomponer
En bienes durables de ticket medio, extender la vida no es altruismo: evita devoluciones, reduce garantías, baja adquisición de clientes, genera ingresos por servicio y fideliza. En construcción y textil básico, recomponer o reaprovechar mermas puede valer más que comprarlas nuevas en un mercado tenso.

5) Compras por costo total y riesgo
El proveedor “barato” pierde su encanto cuando se suman fallas, demoras, obsolescencia y trazabilidad inexistente. Cambiar el pliego a TCO + riesgo estabiliza abastecimiento, reduce litigios y baja sorpresas. No es pagar más: es pagar por desempeño.

6) Simplificar embalaje y logística

Cada centímetro cúbico cuenta. Embalajes que protegen mejor con menos material, pallets que aprovechan altura real, rutas que evitan viajes vacíos, microcentros de recirculación cerca del consumo: menos kilómetros, menos daños, menos reclamos. El margen agradece.

“Suena bien, pero ¿el cliente acompaña?”. En sectores de bajo margen, el cliente elige con el bolsillo. Acompaña cuando la propuesta le baja su costo total y le quita fricción: formatos que rinden más, servicios que resuelven fallas sin laberintos, envases que se devuelven fácil con beneficio claro, reposición que llega a tiempo, información que evita pérdida. El relato ambiental suma, pero no sustituye la economía del día a día.

También ayuda la secuencia. La transformación en márgenes bajos no tolera fogonazos caros. Necesita pasos que se pagan solos:

Primero: reducir variedad y mermas; ajustar embalajes y rutas; migrar a concentrados/recargas donde tenga sentido.

Después: pilotos de retornabilidad o reutilización en canales controlados; reacondicionamiento de componentes con garantía; servicio que alargue relación.

Luego: contratos de desempeño con proveedores; KPIs que midan vida útil, retorno material, costo regulatorio evitado y margen por ciclo de vida.

Cada decisión muestra números antes de la siguiente. Cuando el comité ve eso, la circularidad deja de ser una apuesta y se vuelve un método de ahorro y estabilidad.

Hay, además, una defensa importante: la regulación. Sectores de bajo margen son los primeros en sufrir cuando cambian las reglas. Tasas por disposición, requisitos de trazabilidad, sustancias restringidas, criterios de cadenas: llegar tarde sale caro. Rediseñar antes no solo evita sanciones; abre puertas que otros pierden. En mercados apretados, entrar ya es ganar.

La cultura también juega. Equipos acostumbrados a “hacer rendir” verán la circularidad con escepticismo hasta que noten menos trabajo, menos quiebres, menos reclamos. Es ahí cuando aparece el orgullo silencioso: la operación corre más limpia, el cliente llama menos por problemas, la noche se duerme mejor. Ese intangible sostiene más que cualquier campaña.

La conclusión es menos glamorosa de lo que algunos quisieran y más útil de lo que muchos esperan: sí, se puede. La economía circular no es una medalla para empresas de margen alto. Es una técnica de buena gestión para entornos exigentes. En los rubros de bajo margen, esa técnica no solo cuida reputación: cuida la caja.

Diseñar para mover menos, fallar menos, desperdiciar menos y depender menos no encarece el negocio. Lo hace viable cuando el contexto aprieta. Y ese, al final, es el único lujo que un sector de bajo margen puede darse sin arrepentirse.

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